Buscar la descalificación de aquel primer intento de formar un bloque continental significa lisa y llanamente aceptar el tutelaje norteamericano sobre una América Latina a la que, además, nunca otorgó otro papel que el de proveedor alimentario.
Sí puede criticarse la linealidad con que
Perón planteó ese enfrentamiento, cierta actitud prejuiciosa en el análisis de los acontecimientos mundiales, y una evidente debilidad operativa a la hora de comprender que la distancia tomada por algunos de los necesarios socios del proyecto –especialmente Brasil- indicaba la conveniencia de iniciar una etapa de negociaciones abiertas que permitiesen al país conservar intacto el papel de líder sudamericano que por entonces nadie le cuestionaba seriamente.
Desde una posición de relativa debilidad, llevando sobre sus espaldas el peso de decisiones no tan lejanas en el tiempo y que habían despertado el enojo del mundo libre, sabiendo de la necesidad de neutralizar el avance brasileño tras el alineamiento con los aliados durante la
Segunda Guerra y, sobre todo, conociendo la política exterior norteamericana y sus contactos con sectores reaccionarios de las fuerzas armadas y del poder económico, Perón insistió en tensar las relaciones sin garantizar para el país los medios necesarios para un eventual aislamiento, y sin darse cuenta de la debilidad de las instituciones de un Estado que –al depender tan sólo de su impronta- no era herramienta suficiente para semejante emprendimiento.
Los hechos posteriores demostraron que ese aislamiento era el destino que le esperaba a la Argentina.
Y como el propio Perón gustaba decir, "la única verdad es la realidad".