En estos años de proscripción y declinación general del nivel de vida de la clase obrera había nacido la izquierda peronista, representada por aquellos dirigentes cuyas metas eran el socialismo y la soberanía popular, conceptos tan genéricos como difusos que, sin embargo, conocieron su cuarto de hora de la mano de la inexistente respuesta que desde el poder recibían las expectativas generales de la población.

Reconociendo el apoyo electoral recibido, Frondizi se acercó a los peronistas dictando una amnistía general, una nueva Ley de Asociaciones Profesionales, etc., pero no logró evitar que en el discurso que Perón bajaba desde su exilio las inversiones extranjeras -consideradas la clave del desarrollo por el Gobierno-, se plantearan como entrega al imperialismo yanqui, caballito de batalla de todos los movimientos populares que en el mundo se multiplicaban por aquella década.
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Historia y Humanidades > Historia Siglo XX

Arturo Frondizi: el eslabón perdido

28-Feb-2011   Adrián Freijo
arturo frondizi
Es bueno recordar aquel tiempo de cambio y la oportunidad perdida de subirse a una época que, a pesar de las tensiones, quedó indeleble en la historia mundial.

A partir de la década del '60 –y seguramente sin haber significado ello una meditada pretensión- comienza en Europa una ebullición cultural que pone a la sociedad en estado de debate permanente; la tensa, la revuelve, la enfrenta y la apasiona. Todos los valores que la sostenían entran en controversia, y la familia, el conocimiento y su aplicación extendida, sus bases filosóficas, la sexualidad, las libertades y hasta el criterio de las democracias acerca del sistema de representatividad no serán, desde entonces, idénticos valores a los entendidos anteriormente.

Sin saberlo, se estaba dejando ahora atrás otro escalón del difícil crecimiento del hombre: el miedo al hacer. Porque mientras el Renacimiento nos llevó de cabeza al surgimiento del debate por la representatividad social, es a partir de los años '60 que comienza a ordenarse –aunque el término parezca inadecuado ante tanta maravillosa ebullición- el viejo sueño civilizado del protagonismo social. El nuevo hombre quiere ahora ser, pero también hacer.

Algunas de estas cosas se vislumbraban en la Argentina cuando Arturo Frondizi –un exponente político de su tiempo en la forma de actuar pero indudablemente un emergente del nuevo orden mundial en lo filosófico- se hace cargo del país en su momento más convulsionado.

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Los contratos con ocho compañías petroleras extranjeras y la privatización del frigorífico Lisandro de la Torre desbordaron la ira de los peronistas nacionalistas, que se sentían traicionados. A su vez, se levantaron las protestas de la dirigencia industrial nacional, que necesitaba el petróleo barato, y que temía que si la Argentina no se sumaba a Estados Unidos en su lucha contra Castro, sufriría la misma política de agresión que Cuba.

Ante la creciente oposición de la clase obrera, con una recurrente recesión y muy poco espacio para maniobrar, Frondizi cedió a todos los planteos militares y declaró primero el estado de sitio y luego el plan CONINTES para desmovilizar la protesta social. Al mismo tiempo legalizó al Partido Peronista para competir en las elecciones de 1962 para gobernadores provinciales, en las que logró imponerse en cinco distritos.

Este hecho, unido a la posición del país en la Conferencia de Punta del Este (1962) -en la que se abstuvo de votar las sanciones contra la Cuba de Castro como exigían los Estados Unidos- y la posterior visita al país de Ernesto Guevara en forma clandestina y con una entrevista personal con el jefe de Estado, fue tomado como una provocación al poder real. Fue intolerable para los militares, que decidieron el derrocamiento de Frondizi, encendiendo la llama del más virulento antiperonismo, al estilo de los años '55 y '56. El presidente destituido conservó la cordura suficiente para salvar al menos un simulacro formal de institucionalidad, designando como sucesor al titular provisional del Senado, José María Guido.
La explosión del rock and roll; el crecimiento de los movimientos pacifistas; la revolución sexual; el debate ideológico aplicado a todos los órdenes de la vida; la superación geométrica de los alcances de la medicina –especialmente en el cambio de las técnicas quirúrgicas-; la llegada del hombre a la Luna; el existencialismo; los Beatles; Martin Luther King y su lucha por los derechos civiles de la comunidad afroamericana en los Estados Unidos; la muerte en Bolivia de Ernesto "Che" Guevara; la universalización de la comunicaciones -con el acceso generalizado a la televisión, la telefonía y el desarrollo satelital-; el mayo francés; la crisis del colonialismo; la consolidación de los sistemas democráticos; la extensión del comercio internacional; la marcha acelerada hacia la conformación de bloques regionales; los profundos cambios introducidos en la Iglesia Católica por el Concilio Vaticano II; Vietnam; Corea; la muerte de los Kennedy; el auge de la cultura alternativa –al mismo tiempo en que se disfrutaba el florecimiento de una maravillosa cultura formal-.

La marihuana; la introducción de expresiones milenarias del pensamiento oriental y su asimilación al estilo de vida occidental; la lucha de los pueblos de África por su independencia; el fenómeno guerrillero en sus formas urbana, rural e institucional; la aparición del derecho internacional como regla de convivencia entre los pueblos; la crisis del petróleo y sus consecuencias económicas, financieras y geopolíticas; la bipolaridad; la reforma de los sistemas educativos a partir de la escuela francesa y su profundo análisis de contenidos y relaciones dentro de la escuela; el fin de la familia vertical y paternalista; el feminismo; la pérdida de vergüenza ante el propio cuerpo. Todos términos que forman parte de un tiempo irrepetible que supondría para cualquier autor el placer de dedicar a cada uno de ellos –y por supuesto a sus consecuencias globales- un trabajo singular y apasionante.
Aquel mundo maravilloso

Poco después se produjeron enfrentamientos dentro de las FFAA, en los que fueron derrotados los grupos más antiperonistas que habían volteado a Frondizi. Igualmente el tiempo ya estaba perdido. La posibilidad de dejar atrás los enfrentamientos y construir un país moderno se había evaporado entre las debilidades del gobierno de Frondizi y la sinrazón del viejo orden conservador, que se negaba a seguir el ejemplo de sus pares del mundo civilizado que, no sin dificultades, se reacomodaban a la nueva etapa de la historia. Sin embargo, aquel intento modernizador merece ser recordado en el tiempo como una de las tantas oportunidades que quedaron al costado del camino.

Juzgar al ex presidente por sus marchas y contramarchas y estigmatizarlo por sus a veces inentendibles maniobras de acomodamiento político interno es no comprender que a su gestión y a su persona les tocó el incómodo papel de ser un eslabón entre el pasado y el presente de una nación demasiado inmadura para comprenderlo. Y ese eslabón, por fuerte que hubiese sido, estuvo trágicamente destinado a estallar en mil pedazos.
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Después del período peronista, el sector industrial había quedado compuesto por pequeños capitales y talleres artesanales de baja eficiencia y competitividad pero de gran capacidad de empleo. Las grandes corporaciones que cubrían las áreas de industria y servicios públicos eran propiedad del Estado. El gobierno desarrollista implementó un plan destinado a modernizar las relaciones económicas nacionales e impulsar la investigación científica. En diciembre de 1958 se promulgó la Ley de inversiones extranjeras, que trajo como consecuencia la radicación de capitales -principalmente norteamericanos- por más de 500 millones de dólares, el 90% de los cuales se concentró en las industrias química, petroquímica, metalúrgica y de maquinarias eléctricas y no eléctricas.

El efecto inmediato de esta modernización fue la consolidación de un nuevo actor político: el capital extranjero radicado en la industria. Los viejos representantes del sector industrial nacional debieron amoldarse a sus decisiones, y la representación económica de la pampa húmeda fue desplazada de su posición de liderazgo, recuperándola a medias en los momentos de crisis. Además, las variaciones en la distribución del ingreso beneficiaron a los sectores medio y medio-alto, en detrimento de los inferiores pero también, es justo señalarlo, de los superiores. Ante esta nueva situación –que significó complementariamente la expulsión de los instrumentos del poder de las viejas clases dirigentes, históricamente representadas por abogados y leguleyos de escasa capacidad-, la burocracia sindical adoptó una nueva posición; ni combativa, ni oficialista: negociadora.


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