Corolario: el país estalla en una hiperinflación que llega al aterrador índice de 1800% mensual, y un 37% de la población económicamente activa cae por debajo del índice de pobreza.
1991. Tras padecer otros dos brotes desbocados de inflación, Carlos Menem convoca a Domingo Cavallo y entre ambos resuelven que a pesar de tantos revolcones… el peso argentino tiene el mismo valor del dólar. Por supuesto que con ellos los argentinos se reencuentran con "la felicidad y el consumo", y quien no lleva a sus hijos a Disneyworld o no almuerza en el Maxim's de París pasa a ser un perverso o un imbécil. Nadie quier el dólar y nadie quiere trabajar. Aunque lo más grave es que los que quieren, no pueden; lo único que se fabrica en la Argentina es desocupados.
Y a pesar de las señales evidentes de descomposición social, los argentinos plebiscitan en apoteosis al riojano para un segundo mandato, que se inicia bajo los peores auspicios.
Corolario: a pesar de lo evidente del quiebre, De la Rúa (escuchando el "clamor" popular) mantiene la convertibilidad hasta que le estalla en su impávida nariz en 2001 y una vez más empuja a la sociedad a una mega devaluación del 300%, a la que jocosamente se bautiza "pesificación asimétrica", no sin antes apropiarse de los ahorros de todos los argentinos.
Créame, es cierto
Y como una calesita, la Argentina parece pasar siempre por el mismo lugar, en un círculo que poco tiene de virtuoso y con escasas posibilidades de manotear la sortija. Veamos si no es así:
1974. José Ber Gelbard, ministro de Economía de Cámpora, Perón y luego por corto tiempo de Isabel, descubre que el país puede lograr el paraíso de la "Inflación cero" y así bautiza su plan, que consistía en… decidir que no había inflación. Los argentinos se lanzaron a "la felicidad y el consumo", el dólar se ancló en el precio que el Gobierno decidió, y la Argentina Potencia apareció en el horizonte.
A poco de andar, la inflación seguía ausente; tan ausente como el aceite, la nafta, el papel higiénico, el pollo, la carne, los autos y cualquier bien o servicio que se quisiese consumir o adquirir. Entre tantos ausentes el dólar marcaba la tendencia, siempre y cuando usted no quisiese comprarlo en el mercado negro; allí sí lo encontraba, como al aceite, el papel higiénico y todos los demás faltantes del blanco u oficial.
Celestino Rodrigo, José Alfredo Martínez de Hoz, Lorenzo Sigaut, Domingo Cavallo, Juan Vital Sourrouille, Roberto Alemann, Amado Boudou; todos surgidos de la misma escuela económica. De ese liberalismo que en la Argentina siempre se disfrazó de intervencionismo para esconder la especulación criminal que se agazapa tras las leyes del mercado.
"Inflación cero", "tablita", "convertibilidad" o ahora "modelo" han sido históricamente caminos al suicidio de pretender una realidad que no existe, y la puerta evidente por la que más tarde o más temprano el dólar (que sigue siendo el fiel de la balanza) emerge con todo el peso del viejo axioma "la única verdad es la realidad": busca su precio real, lo encuentra, y arrastra tras de él la ficción y sus autores y actores.
A las trabas para comprar dólares le seguirá i-n-e-v-i-t-a-b-l-e-m-e-n-t-e la aparición en escena del dólar negro y los "arbolitos"; al amesetamiento artificial de los precios, el desabastecimiento de algunos productos y la especulación para conseguir otros; a la suplantación de reservas y activos financieros con bonos de los más dudosos cuños, la continuará una nueva crisis de pagos que sobrevendrá de la saturación del mercado y de la desconfianza de los inversores.
Nada que no sea evidente para el que no quiere engañarse o tiene posibilidad de ver la realidad, apabullada como está por la intolerable propaganda oficial y el mensaje del "está todo bien".
Pero esto va a ser así; y lo será por una única y exclusiva razón: no hay posibilidad de que sea de otra forma. Como en 1974, 1979, 1987, 1999 y cuantas veces hayamos pretendido que las reglas de la economía pueden suplantarse con ficciones.
En todos los casos, sin excepción, la negación de la realidad y el voluntarismo aparecen como responsables principales del desastre. Dos elementos que hoy campean entre nosotros y que no podrán corregir el
INDEC ni las medidas desesperadas como apropiarse de las
AFJP, los fondos de la
ANSES, las reservas del
BCRA o las trabas para comprar dólares.
¿Cómo seguía la letra de aquel tema de Mores? ¿No se acuerda? Yo voy a ayudarlo a refrescar ese punto débil que tenemos por estos lares y que se llama memoria: "y hace sangrar las cosas que fueron rosas un día".
Rosas, como la fiesta de la "felicidad y el consumo"
Gobierno de Isabel: cola en almacén; el señor delante mío consigue "en negro" medio litro de aceite de oliva; lo paga "x" pesos. A mí me lo cobran "x + 10". Me quejo. La respuesta es: "ya pasaron más de cinco minutos".
Gobierno de Alfonsín: en los supermercados era grotesco ver las carreras en las góndolas entre los remarcadores de precios y los clientes. Si los pasabas, te salvabas.
Gobierno de
De la Rúa: nos juntábamos con amigos, íbamos juntos al banco a las 10; salíamos a las 18, almorzábamos adentro. Afuera nos esperaban… los
Patacones.