Las dificultades cabalgaban sobre una gravísima crisis económica. Los precios se dispararon, sobre todo y azuzados por la crisis de 1973 los del petróleo, en un país que no lo produce. Las importaciones superaban en mucho a las exportaciones. La deuda externa se disparó en cuatro años a 15.000 millones de dólares y triplicó las reservas del Banco Español. La inflación se duplicó en sólo un año y llegó al 40%. "Niveles de América latina", decía la prensa de la época. Y para coronar, un desempleo sin precedente.

El joven presidente había llegado al poder de la mano del rey Juan Carlos -"¿me harías un favor?", le dijo el monarca cuando le pidió que aceptara la presidencia-, y su designación fue duramente castigada por una opinión pública harta, que dudó muchísimo sobre lo oportuno de la decisión. Hasta aquí, más de un paralelismo podría trazarse sobre aquellos difíciles días en España y los que hoy vive nuestro país. ¿Qué hizo Suárez? Entre lo primordial, buscó una mesa de consenso que, tras más de dos meses de trabajo, cristalizó en los acuerdos de Moncloa.
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Argentina: la necesidad de un nuevo contrato social

26-Ene-2011   Adrián Freijo
argentina la necesidad de un nuevo contrato social
¿Es posible un acuerdo amplio de todos los sectores de la vida económica, social y política del país?

No se plantea otro de los ejercicios discursivos que durante tanto tiempo fueran utilizados para hacer creer que algo cambiaba, mientras nada cambiaba. Se habla de un acuerdo duro, tal vez doloroso, pero muy concreto y de cumplimiento obligatorio para todos los ciudadanos.

Una vez concluido y refrendado por el pueblo argentino, el nuevo contrato social deberá tener la fuerza natural e histórica de los hechos centrales de nuestro pasado; será como la independencia en 1816, o el nacimiento formal de la república a partir de la Constitución de 1853. Algunos pueden no haber estado de acuerdo; pero todos tuvieron que aceptar la realidad de los hechos. Sin embargo en ambos casos se dio –como ahora pretendemos- la circunstancia de que el Estado debió ser origen de una convocatoria también realizada en medio de profundas divisiones, enfrentamientos cerriles y un estado general de crisis institucional que amenazaba, en el primer caso, la integridad del país, y en el segundo, con la misma secesión de Buenos Aires.

Fueron, a su manera, pequeñas Moncloas nacionales. ¿Sirve, entonces, como paso previo, un acuerdo a la española? Ya dijimos que es formalmente indispensable. ¿Qué representó aquel acuerdo? Tal vez nada más claro para explicarlo que la trascripción parcial de un artículo publicado en el diario La Nación por su corresponsal en España, Silvia Pisani, en la edición del 16 de enero de 2002, que preferimos rescatar como la más contundente síntesis de lo que aportaron a la naciente democracia en la península. Dice Pisani: "Pocas cosas nacieron con tan mala prensa y acabaron en la gloria (…) Se firmaron el 25 de octubre de 1977- continúa-, cuando el escenario político español era de diagnóstico reservadísimo. A un grado que difícilmente sospechen quienes hoy forman cola frente al consulado de Buenos Aires, a la espera de emigrar a un país en el que, por entonces, había que ser valiente para imaginar un futuro próspero."

En lo político, el vacío dejado por la muerte -dos años antes- del dictador Francisco Franco, jaqueaba al rey Juan Carlos, que asumió primero el gobierno temporal y, meses después, acabó como si nada con su primer presidente, Carlos Arias Navarro. Eran tiempos violentos. La banda terrorista ETA entró en una escalada de atentados criminales, mientras grupos de derecha irrumpieron con presiones y asesinatos, algunos en pleno centro de Madrid. El descontento se expresó en huelgas y movilizaciones populares. Pero estaba claro que la sociedad española no quería eso.

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firmantes del pacto de la moncloa
Firmantes de los Pactos de la Moncloa - año 1977
Los pactos preexistentes que consagra el preámbulo de nuestra ley suprema no son otra cosa que expresión racional de la vía necesaria para zanjar diferencias. Fue a partir de ellos –a pesar de sus detractores y de quienes quisieron sabotearlos- que se llegó a la etapa de la organización nacional y se consagró una base legal para una sociedad que existía más en los papeles que en los espíritus.
Pese a que abarcaban varios compromisos, dos fueron los centrales: medidas de choque para la crisis económica y, sobre todo, una modificación de fondo en la forma de relación entre las fuerzas políticas, lejos de canibalismos. Ambas cosas, combinadas, significaron un mensaje de sosiego y responsabilidad política que resultó balsámico para una sociedad enervada. La misma demanda de sosiego que hizo la sociedad apuró su firma. Por caso, más de un historiador español insiste hoy en que Felipe González, el entonces líder del Partido Socialista Obrero Español, fue, al comienzo de la negociación, uno de los más renuentes. Pero pronto advirtió el alto costo político que tenía entre los españoles una actitud de enfrentamiento. Había más de un costado para la crítica. Visto hoy, el bloque de compromisos incluye voluntarismo. Y diputados y senadores no perdonaron que hayan sido redactados sin su participación, aunque luego se les diera el control pleno sobre su ejecución.

Ese fue otro de los puntos: Suárez confió en el sistema de consenso que propugnaban los acuerdos y delegó en el Congreso responsabilidades de contralor. Y en su equipo fue el vicepresidente Enrique Fuentes Quintana -y no él mismo- el encargado de exponerlos ante diputados y senadores, que finalmente los aprobaron.

El documento final fue firmado por todos los partidos políticos, incluido el Comunista Español, de Santiago Carrillo, y Alianza Popular, del ex ministro franquista Manuel Fraga Iribarne. Antagonistas históricos, ambos se sentaron a la misma mesa.
Fueron diez firmantes y todos ellos podrían haber optado por otra forma de hacer política. Pusieron en riesgo oportunidades personales y eligieron el consenso, algo de lo que nada sabían, pero que intuyeron más poderoso que una legítima -aunque también miserable- aspiración en su carrera. Y su obra -y no ellos- pasó a la historia. Pero, ¿quién está dispuesto hoy en la Argentina a jugar el papel de Adolfo Suárez? El gran pecado de Raúl Alfonsín fue no comprender en 1983 que ese era el lugar que la realidad y el destino le habían reservado.

Y ese era el tiempo y el momento. Desde entonces, como si el país no hubiese necesitado nunca una transición, cada gobierno se empecinó en "quedarse con la historia", sin tiempo y sin compromiso alguno con el futuro. Ahora, en el inicio de un siglo que debe ser luminoso o será el de la caída definitiva, necesitamos ese acuerdo que un cuarto de siglo atrás dejamos en el camino.
argentina necesita un acuerdo
Adolfo Suárez
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