Pese a que abarcaban varios compromisos, dos fueron los centrales: medidas de choque para la crisis económica y, sobre todo, una modificación de fondo en la forma de relación entre las fuerzas políticas, lejos de canibalismos. Ambas cosas, combinadas, significaron un mensaje de sosiego y responsabilidad política que resultó balsámico para una sociedad enervada.
La misma demanda de sosiego que hizo la sociedad apuró su firma. Por caso, más de un historiador español insiste hoy en que
Felipe González, el entonces líder del
Partido Socialista Obrero Español, fue, al comienzo de la negociación, uno de los más renuentes. Pero pronto advirtió el alto costo político que tenía entre los españoles una actitud de enfrentamiento.
Había más de un costado para la crítica. Visto hoy, el bloque de compromisos incluye voluntarismo. Y diputados y senadores no perdonaron que hayan sido redactados sin su participación, aunque luego se les diera el control pleno sobre su ejecución.
Ese fue otro de los puntos: Suárez confió en el sistema de consenso que propugnaban los acuerdos y delegó en el Congreso responsabilidades de contralor. Y en su equipo fue el vicepresidente Enrique Fuentes Quintana -y no él mismo- el encargado de exponerlos ante diputados y senadores, que finalmente los aprobaron.
El documento final fue firmado por todos los partidos políticos, incluido el
Comunista Español, de Santiago Carrillo, y Alianza Popular, del ex ministro franquista Manuel Fraga Iribarne. Antagonistas históricos, ambos se sentaron a la misma mesa.