Decíamos en notas anteriores que esta circunstancia se dio en España tras la muerte de
Franco, cuando la sociedad resolvió dar un gigantesco paso adelante a partir de un acuerdo político –conocido como Pacto de la Moncloa- al que concurrieron sin excepciones todas las fuerzas representativas del ideario español y concordaron en la necesidad de sellar acuerdos permanentes en aspectos centrales de la vida del país.
Dijimos también que en Argentina no era suficiente un pacto de tal naturaleza, ya que los españoles contaban para lograr el éxito posterior con tres elementos inexistentes en el presente nacional: 1) una rica historia cultural común; 2) un grado de desarrollo y bienestar –logrado aún en tiempos franquistas- muy superior al de nuestra sociedad actual; 3) un contexto continental que traccionaba hacia arriba las bases mínimas del acuerdo, lo que obviamente no ocurre en la región sudamericana.
Argentina: sin conciencia
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El más grave problema que debe afrontar el país en la búsqueda de objetivos comunes es la falta de una conciencia común que nos acerque en los objetivos y nos permita acordar con naturalidad los límites de la convivencia. |
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¿Qué se entiende por conciencia? Es un término utilizado desde los griegos y proviene del latín conscientia, que es, a su vez, traducción de tuveidoz, que significa reconocimiento de algo, ya sea externo (el mundo que me rodea), ya sea interno (las modificaciones experimentadas por el propio yo).
Desde Maquiavelo, pasando por los empiristas ingleses, los reformistas políticos y la psicología moderna, es un término clave en el conocimiento de las potencialidades y limitaciones del hombre, de la sociedad y del Estado moderno.
En nuestro caso, el concepto de conciencia civil se refiere al reconocimiento de los valores morales políticos fundamentales, y al sentido de pertenencia a un cuerpo político dentro del cual el ciudadano debe alcanzar su libertad y su felicidad. Ello nos conecta con la historia de la educación humana, con su organización y aspiración, con las leyes profundas que gobiernan la naturaleza humana y las normas que rigen la conducta individual y la estructura de la sociedad.
Para Rousseau –padre por derecho propio del concepto de contrato social-, formar no es simplemente instruir o llenar de conocimientos técnicos y científicos la conciencia. Tiene el significado de la educación griega y platónica: es configurar una imagen de acuerdo a un ideal, ideal que está vinculado, por una parte, con la naturaleza, y por otra, al modelo moral de la sociedad política.
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Por todo lo expuesto, es claro que el paradigma y el acto voluntario son elementos irrenunciables de un posible contrato social para los argentinos. ¿Qué es, entonces, un paradigma, y cómo buscarlo? Un paradigma es el esquema o marco mental que se toma como referencia y sobre el que se desarrolla un proceso intelectual. En filosofía de la ciencia, es el principio básico que sustenta una teoría general, y cuyo cambio comporta el cambio de toda la teoría.
Las revoluciones científicas se definen como aquellos episodios de desarrollo en los que un antiguo paradigma científico, universalmente reconocido en alguna rama de la ciencia, es reemplazado, en su totalidad o en parte, por otro nuevo e incompatible: la llamada revolución copernicana (siglo XVI) sustituyó el paradigma astronómico tolemaico (la Tierra como centro del mundo) por otro incompatible con él (el Sol como centro), y en la revolución newtoniana (siglo XVIII) se cambió radicalmente el sistema físico.
Las revoluciones tecnológicas se caracterizan por tener un impacto inmediato en el nivel de vida y en los hábitos de las comunidades que las experimentan, así como también en la evolución de la humanidad.
Actualmente, cuando la amenaza macro terrorista está siendo esbozada doctrinariamente como guerra de la tercera especie -que madura domésticamente en los estados sudamericanos-, la perplejidad de sus conductores políticos ante el dilema está directamente condicionado por el colapso de los paradigmas estratégicos tradicionales.
Los modelos estratégicos que hasta el momento enmarcaban la supervivencia de la humanidad ante los conflictos tradicionales -y aún los colaterales- han colapsado.
En esta guerra mundial antiterrorista, nuestras naciones son parte de la conflagración, ya que ineludiblemente están condicionadas por sus actores.
Asistimos a un cambio de paradigmas, con modelos a seguir no resueltos aún por la investigación estratégica. Obviamente, los flamantes sistemas no están definidos, ya que no se han experimentado aún soluciones universalmente aceptadas, o exitosas.
Esta situación genera en sí misma un marco positivo y paradójicamente otro negativo. El primero de ellos está dado por el hecho de que el mundo se encuentra en un momento de cambio absoluto; ello quiere decir que la Argentina puede lograr –y no por virtudes propias- adecuarse a ese cambio desde su mismo inicio, con sólo interpretar correctamente hacia dónde se dirige la humanidad y resolver con claridad hacia dónde queremos marchar como sociedad organizada.
El costado negativo de la cuestión es el rechazo generalizado que hoy existe en los ciudadanos de nuestro país hacia todo lo que tenga que ver con el sector dirigente en general y político en particular. Parece imposible encarar una etapa fundacional si quienes son los encargados naturales de conducirla no cuentan con la confianza de aquellos a quienes deben conducir.
Nuevos desafíos
Así, por ejemplo, ocurrió con las costumbres y la cultura universal a partir de dos ejemplos que podemos traer a este desarrollo a partir del conocimiento general. Una, la ocurrida en el siglo XVI de la era cristiana y coincidente en el tiempo, además, con la revolución cultural del Renacimiento; la otra, la industrial, iniciada en el siglo XVIII en la Gran Bretaña y propagada en el siglo XIX al resto de Europa, a los Estados Unidos y al Japón. Ambas cambiaron la historia universal y ambas dieron por tierra con los paradigmas vigentes hasta ese momento, creando nuevas reglas de convivencia, de trabajo, de distribución y hasta morales.
Nuestro país –hijo como toda América de los adelantos de la primera- no supo como nación adecuarse al mundo que surgió de esta última y mucho menos aprovechar la ventajosa relación que existía entre las necesidades del mundo y la oferta natural que de ellas poseía, para consolidar al menos una sociedad tardía pero sólida y efectiva. Hoy existen nuevas circunstancias internacionales, y de la correcta interpretación que los países hagan de ellas, dependerá en un futuro inmediato su integración a la realidad o la continuidad en muchos de ellos del aislamiento y el atraso.
Porque otra etapa de la historia universal se inició a mediados del siglo XX, con el desarrollo de los vehículos aéreos y otros vectores, el arma atómica, la microelectrónica, la informática y las técnicas biogenéticas, que tuvieron como desenlace el macro-atentado que hizo cabeza de playa con el siglo XXI en Nueva York, consecuencia inadvertida de la vertiginosa revolución científica tecnológica, la súbita culminación de la Guerra Fría y sus derivaciones político-sociales, generadoras de un mundo injusto y violento en el que la diferencia entre pobres y ricos constituye un elemento de tensión indisimulable y probablemente explosivo en los próximos años.
Con base en el sentido humanístico arriba señalado, Rousseau le da al término formación un contenido moral: la educación es una enseñanza para la vida, debe formar a todo el hombre integralmente desde su interioridad, respetando la naturaleza y el ordenamiento de las cosas; la educación debe hacer bueno al hombre y a la sociedad.
Estas ideas adquieren actualidad por el proceso de deterioro que sufren los valores naturales del hombre, por la amenaza que sufren los valores políticos con las estrategias culturales y económicas globalizantes, y por la necesidad de redefinir desde el sistema educativo los contenidos socializadores: valores, normas y actitudes en función de un modelo político más humano.
Al no poder construir esa conciencia civil con las costumbres comunes como base, se hace imprescindible localizar el paradigma común que las suplante y que genere, a partir de su localización, un acto voluntario de los ciudadanos, tendiente a aceptarlo como elemento incorporado al futuro de la nación. Esto ha ocurrido en el mundo en diferentes circunstancias, casi siempre generadas por procesos dramáticos o violentos que pusieron a determinados pueblos en la encrucijada de pasar la página de la historia o quedarse detenidos en el tiempo discutiendo el pasado y pagando las consecuencias de no poder ya reformarlo.