Paladino, un hombre inteligente en la lectura de la realidad política argentina, pagó el precio de pretender que Perón entendiese el cerco que los sectores de la izquierda partidaria y el sindicalismo estaban cerrando sobre él. Seguramente equivocó su acercamiento con el gobierno del Gral. Lanusse -obsesionado como estaba en lograr que la Hora del Pueblo fuese el instrumento idóneo para contener a Perón y alejarlo de aquellas influencias-, pero siempre quedó la sensación de que su expulsión de la conducción táctica (otro término militar caro a las costumbres comunicacionales del líder) abrió las puertas de la vida del peronismo a quienes desde los extremos pretendían quedarse con Perón en beneficio propio.
Su sucesor, el Dr. Héctor J. Cámpora, mostraba pocas luces para ver la realidad fuera del prisma único de Perón, al que adhería en una forma absoluta que solía rozar con el ridículo. Y fue esa lealtad casi obsecuente la que lo elevó en la escala de méritos peronistas, al mismo tiempo que se enredaba en los manejos de dirigentes juveniles revolucionarios que terminaron jaqueándolo a él, a su gobierno y por muy poco no lograron hacerlo con el propio General.
Pero ¿quién iba a discutirle a Perón una decisión semejante? Las cosas eran así, y así deberían seguir mientras el jefe estuviese vivo.
Lo cierto es que durante la primera década de gobierno, el ejército peronista se mostró siempre dispuesto a seguir los lineamientos de su conductor y veló siempre las armas a la espera del llamado del jefe para hacerse presente en el campo de batalla que fuese necesario aunque, como parte del folklore impuesto, el lugar elegido para las grandes ceremonias fuese siempre la
Plaza de Mayo. Allí, esa relación de pertenencia mutua encontraba su punto de esplendor. Perón hablaba, su pueblo le contestaba, ambos coreaban las consignas acordadas y todo el mundo se retiraba convencido que la sola presencia de ambos protagonistas (caudillo y seguidores) había sido suficiente para conjurar miedos, celebrar logros o simplemente demostrar la fortaleza del proyecto común. De alguna manera, aquellos encuentros se convertían en una verdadera misa laica en la que se revivía y se consagraba el misterio de la fe popular.