Refiriéndonos entonces a nuestra sociedad, hoy, actualmente podemos observar una larga serie de conductas que configuran un conjunto social anómico: la forma en que se transita por los espacios públicos, la falta de cuidado de los mismos, contaminación del ambiente, el incumplimiento de todas las leyes de tránsito (cruzar con semáforo en rojo, estacionar en doble fila, exceso de velocidad, etc.) , evasión de impuestos, incremento de la corrupción en todo ámbito, ver en transportes públicos mujeres embarazadas o con bebés en brazos y ancianas de pie mientras los asientos están ocupados por hombres que solo a un pedido del chofer acceden a dar el asiento con mala cara.
Todos estos comportamientos y muchos más que sería largo enumerar demuestran que si bien la alta tecnología cada día es más asombrosa y de gran utilidad el avance vertiginoso de la misma coincide con la caída estrepitosa de todos los valores básicos del ser humano conduciendo a la desmoralización y a la desintegración social.
Dentro de este marco de sociedad anómica causada por los desajustes socio-culturales y socio-económicos, el delito y el crimen son problemas siempre latentes dentro de ésta, no solo protagonizadas por sectores de bajo nivel o carenciados sino también de sectores de altos ingresos, con crimen organizado de individuos que ocupan puestos públicos e institucionales y su impunidad.
El incremento de la inseguridad caracterizada por el crecimiento de la violencia delictiva provoca una mayor generalización del miedo y la angustia sumándose ahora también el terror debido al descontrol que caracteriza el accionar de los delincuentes. En
Argentina este tema se ha convertido en el que más preocupa y perturba a todos los ciudadanos, cualquiera sea su nivel social o cultural ya que es una amenaza constante y todos podemos ser potenciales víctimas, con el agravante de que estos hechos se están considerando algo natural que esperamos que sucedan todos los días, acostumbrándonos a convivir con una sensación de inseguridad permanente.